Otoño

En las últimas 24 horas, he sido perseguida por una sensación de inestabilidad extrema.

A esta altura, no sé si se deba a procesos emocionales, hormonales o simplemente a que el mundo viene estallando desde que los humanos descubrimos como destruirlo y algo en la inercia del “Qué pasaría?”, nos ha llevado por caminos que jamás pensamos tomaríamos.

Todos los días somos violentados: Visual, mental, física y espiritualmente.
Me pregunto cómo romper el circulo sin el auto engaño, sin seguir a un líder, ese otro que me dictamina el camino para facilitarme la vida, o quizás acompañarme o hacerme creer que estoy siendo acompañada.

En fin… La ruleta de siempre, que nos regala un poquito de incertidumbre a ver cómo la sorteamos y qué niveles de ansiedad y miedo somos capaces de tolerar.

Últimamente me ha visitado el recuerdo de un día completamente gris. Un día en el que el cielo, el suelo y las emociones se tornaron incalculablemente grises y sentí que ya nada importaba tanto y de alguna forma, esa sensación de abandono a la batalla, tiene su belleza. El descontento, la frustración y la posterior entrega siempre sacan algo que nos maravilla.

Decidí salir a caminar. Tenía unos 16 años y había pasado por cosas que quisiera no haber vivido y descubierto algunas que preferiría no saber.

Caminaba con la cabeza al suelo, sin advertir los problemas cervicales que me trajo después ir por la vida con la cabeza abajo, doblada de sueños y pensando en cómo Sartre había dado en el clavo con “La náusea”.

Tenía asco hace demasiado tiempo. Asco en el comer, en el respirar, en los viajes… El movimiento.
Más de alguna vez pensé que podría tener relación con el oído medio, o con un síndrome vertiginoso, pero no.
Era algo profundo en mí, algo que después descubrí gracias a Michel Onfray en “Tratado de resistencia e insumisión”.
Ese algo oculto, poderoso, pero frágil en los seres humanos, que si es removido en extremo, colapsa, se pierde… como si tuviésemos una brújula que llegado un momento hace ebullición y nos deja así: desdoblados ante el mundo.

Entonces caminaba yo, sin ánimo de búsquedas ni expectativas, saboreando los desechos que el pavimento me ofrecía como tesoros (En más de alguna ocasión encontré apuntes o cartas dirigidas a un otro y vibré con la posibilidad de acceder a una intimidad ajena, para comprobar si hay más mundos o maneras de sentir que la propia) y en algún segundo en que el espesor insistente de la niebla me obligó a enderezar el cuello y echar un vistazo a lo de siempre, descubrí la belleza: Era el árbol que podía observar desde mi ventana, árbol que había descubierto años atrás en un libro que con fotos y algo de psicología me llevó a entender la muerte como un proceso, dado que la noticia de que la vida llegaba a un final, me había tomado por sorpresa después de una siesta en un lugar ajeno y en una conversación decorada con risas falsas que hacían alusión al fin del mundo.
Tenía nueve años y ya sentía que el final me llegaría o a otros demasiado pronto.

Entre el aire gris, los autos grises y los grises pensamientos, se apartó del cemento el tronco que me llevó a alzar la vista de una manera en que creo nunca lo había experimentado. Por primera vez miré hacia lo alto.

Liquidambar sobresalía por gozar de infinitos matices en sus hojas y estaba cargado de partes que no eran ni frutos ni semillas. Unas esferas con puntas que caían como para proteger a quién interrumpiera su armonía.

Este árbol se convirtió en mi favorito por ser el más honesto en lo que respecta a las emociones.
Cada estación, el Liquidambar sufre una metamorfosis que lo lleva a ser una nueva y distinta versión de si mismo. Eso me enamoró. La idea de que existe la posibilidad de resistir la tormenta a través del cambio.

Por primera vez, consideré la idea de transformarme y de desautorizar a los otros, quienes en una seguridad aterradora me habían resumido a un diagnóstico.

No sé si pasaron minutos, o si el tiempo se detuvo en un par de segundos, pero creo que aquel, fue el momento en que observé lo memorizado como desconocido y tuve la sensación de estar viviendo por primera vez.

Corrí a mi casa y comenzó la travesía de dibujar, pintar y contemplar al Liquidambar desde mi ventana, lo que me pareció un lujo, ya que sólo tenía que encaramarme en la ventana con cuidado de no caer y no caer comenzó a parecerme posible.

Me reconocí absurda y más parecida a los ingenuos de lo que hubiese querido admitir, pero cómo vivir sin compañía? Los libros y el liquidambar, me ofrecían la posibilidad no de guiarme, sino de acompañarme en esta nueva idea que resultaba ser observar el mundo desde otro lugar para poder quizás algún día habitarlo en tranquilidad.

El recuerdo me trae a este otoño que se me vino encima sin pedir permiso y quizás es parte de su encanto, sentir colarse el gris en los intestinos antes de concebir la posibilidad de re descubrir la belleza para poder darle sentido e inicio a una nueva metamorfosis.

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