Mi madre llegó a verme con dos regalos: Un perro de peluche y queques extra dulces.
Los cuatro queques eran para mis dos hijos, pensando en una: Amanda.
Hace seis días le dijo a Amanda que dada la cantidad de cucharadas de azúcar que mezcló con la fruta y el yogurt, lo más probable es que le dé diabetes en no más de diez años.

Amanda le preguntó tres veces si esta información era verídica y mi madre asintió sólo una con el veredicto final de : “A estas alturas ya debes estar enferma”.

Hace cinco días fui a exigirle que nunca más y bajo ninguna circunstancia vuelva a hablarle de azúcar, diabetes y mucho menos de su cuerpo, ya que a mi hija la educo, cuido y alimento yo.

El segundo regalo es un perro de peluche para “compensar” el pasado.

Siempre me siento con la obligación de aclarar que mis padres son buenas personas. Son trabajadores, han sido excelentes profesionales, buenos amigos y en general correctos en su trato con el mundo.

Sin embargo algo pasó. Como si hubiese un regulador ético en algún subterráneo desconocido por todos que se desreguló, o tuvo algún desperfecto que comenzó a intercalar acciones extremas en situaciones regulares y acciones regulares en situaciones extremas.
El perro es un pequeña muestra de aquello.

Mi abuela siempre ha sido pobre. Profesora normalista, única universitaria entre sus pares, viuda con tres hijos de un hombre al que amó con ganas, pero las ganas de tomar a él le fueron exterminando la capacidad de amar y recibir amor.
Cabe mencionar la dureza con que la señora María educó a sus hijos, ya que todos eran responsables de encontrar la subsistencia a través del rigor.
Pese a eso mi llegada al mundo impresionó a mi abuela, tanto, que cada cierto tiempo venía a buscarme y me llevaba en tren a vivir los veranos en Chillán viejo, lejos de los gritos, las reprimendas, los vestidos almidonados, la limpieza obsesiva y la culpa moral por tener más que las generaciones pasadas.

Todo escaseaba y aún así, alcanzaba para todos. Era mágico. Parecía que el cariño y la comprensión eran inagotables en aquella casa vieja de rincones saturados de adornos y sin embargo, la primera casa que habité con libertad.

Un día, mi abuela nos dio un regalo a mi prima menor y a mí: Dos perros, exactamente iguales. Ni muy lindos ni feos. Ni muy grandes ni muy pequeños. Dos regalos, dos muestras de cariño con una preocupación equitativa y consiente de que ambas pudiésemos hacer con cada perro lo que quisiéramos.

Mi prima lo guardó. Lo encontró poca cosa, pero para su fortuna, el perro aún existe.
Yo no. Yo lo atesoré, tanto así que lo hice parte de mi vida.
Comencé a llevarlo a donde fuera. A lavarlo cuando lo necesitara y el perro parecía observarme, sabiendo cuanto quise siempre un perro de verdad y en vista de esto me acompañó a cada excursión, mochila y en cuanto lugar estuve.

El perro se transformó en mi amuleto en situaciones de peligro o tensión. Se quedaba ahí bajo mi pelo, sobre mi pecho o a la distancia necesaria para protegerme, hasta que un día que se repitió muchas veces, mi mamá lo regaló.

No fue el único tesoro. A él se le sumaron el Gnomo de Vela que guardaba en un cajón esperando por el día en que su descuido al salir a jugar, significaría para mí el descubrimiento de que los Gnomos existen.

Mi madre regaló mis libros preferidos, ropas, juguetes sin jamás preguntarme y luego mas tarde en la adolescencia, comenzaron a desaparecer los teléfonos, televisor, equipos de música e incluso la cocina comenzó a cerrarse con llave.

Yo… comencé a acostumbrarme a no tener nada, ya que el día menos pensado, las cosas se iban.

Hubo mucho silencio en esa casa de paredes coludidas en las que el aire pedía permiso para respirar.
Hubo demasiada incertidumbre como para digerirla en suspiros, por lo que me la apropié junto con el miedo crónico y la desesperanza en lo que algunos llamaron “Hogar”.

Cuando ví a mi madre sacar de su bolsa un perro de regalo me enterneció su intento de restituir la inocencia y colorear algunos de los espacios que siente quedaron en blanco.
Lo triste, es que la ausencia del perro nunca fue el problema, ni la del Gnomo, los libros, los equipos, los teléfonos ni los televisores.
Es precisamente lo que escapó a su acuciosa, incisiva y dominante vista… Pensé: “No es el perro mamá”, pero en vez de aquello, sólo dije “Gracias”.

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